RICAS MONTAñAS, HERMOSAS TIERRAS...
Durante el camino Katlyn no dejaba de explicarme, a manera de disculpas y para que esté preparada, que su
"Land” (así la llama ella) no tiene todas las comodidades. Que, a propósito, no espere encontrar vasos para vino, ni aire acondicionado, ni acceso a Internet... y además, que vamos a compartir el baño porque sólo hay uno, y también una sola habitación con un camarote y que el resto son sofá–camas (distribuídos en la casa). Y se esforzaba en explicarme que todo había sido hecho así intencionalmente, porque ir a las montañas significa para ella alejarse de la modernidad, de las comodidades, de la tecnología; y vivir en contacto con la naturaleza.
Quizás hasta sería necesario abstenernos de bañarnos por unos días, ja; o tendríamos que hacerlo en el río, pensaba yo. ¿Y las niñas cómo lo tomarían?, ¿les gustaría?. Qué sería realmente esto de vivir sin comodidades, algo así como que si se nos olvidó la sal ¿tendríamos que comer todo simple?. Vengo de Sudamérica y nada podía ser muy difícil...estaba segura de ello.
Lo que parecía emocionarla más era enseñarme a cocinar
chicken y
hot dogs al aire libre, entre piedras con leña; porque,
“yooho!”, no tiene estufa en su casa. Supuse que la salsa
Barbecue (de la mejor marca que se puede encontrar en el supermercado), que traíamos en el inmenso
cooler, sería una excepción a esta historia de vivir al natural...pero bueno!
Todo estaba sucediendo acá, en Estados Unidos, a comienzos de este verano. Y yo, como siempre, tratando de encontrar un punto humano para entender aquellas situaciones universales que la hacen a una sentirse parte de este mundo; en otras palabras, tratando tercamente de encontrar algún parecido entre esta nueva experiencia y el país de donde vengo...
Fue así como, cuando empezaba a sentirme un poco lejos de la civilizacion; y forzando mi mente para recordar imagenes familiares como las de las tribus Ashaninkas de la selva peruana (donde la gente vive semi desnuda); las de pueblos ayacuchanos a más de dos mil 700 metros sobre el nivel del mar (donde las necesidades fisiologicas se resuelven detrás de un arbolito); y de pueblos jovenes de los suburbios de Lima (donde es menester tener un barril al lado de la puerta para que sea llenado con agua potable una vez por semana); entonces entré a su cabaña...
...Que ante mis ojos era un acogedor departamento finamente amoblado al estilo campestre (los muebles son de madera y cuero de color natural) con todas las comodidades básicas para una mujer nacida, crecida y reproducida en territorio americano en el siglo XX y comienzos del XXI. Me refiero al agua caliente en la cocina y en el baño (bueno!...una necesidad básica si recordamos que en invierno los lagos se congelan), ventiladores de techo en todos los ambientes (porque cuando hace calor también falta el aire), además de la chimenea eléctrica, los pisos tapizados, las cuatro estratégicas claraboyas que iluninan la casa con sol o con luna llena. A mí lo que me gustó más fueron esos ventanales enormes haciendo las veces de paredes; y que me hicieron sentir dentro de una pecera, observandolo todo hacia afuera y siendo observada al mismo tiempo por el paisaje desde todos los ángulos. Ella ama esa privacidad, que yo también amé mientras las imágenes de las tribus Ashaninkas desaparecían de mi mente.
Afuera todo es verde y mirando hacia abajo, en la empinada (como a cinco pisos de profundidad), se ve el río cubierto de algas. En cuanto a electro- domésticos, sólo lo básico: microondas, refrigerador y aspiradora.
En otro momento me esforcé en sentirme una mamacha ayacuchana, pero no dio resultado, me faltaban las polleras multicolores. Cuando recién llegábamos, y empezaba a sentirme lejos de la civilización (las últimas 12 millas del camino no están pavimentadas); quise bajar del carro y caminar, pero el peligro de encontrarme con un oso (no precisamente de peluche) me hicieron desistir.
Antes de llegar ella dijo que iba a tener que ir a
Wal Mart a comprar comida para el perro...y no se tardó ni media hora en regresar. Me sobrepuse al golpe, no estábamos tan lejos de la civilización. Por más que traté, no pude sentirme como una habitante de los suburbios de Lima cargando agua para llenar un barril inexistente o prendiendo una lámpara de kerosene al anochecer. Con tantos árboles alrededor, no me quedó otra alternativa que sentirme como la mamá de Caperucita Roja, o de Risitos de Oro, y no fue tan difícil. La comodidad borró mis buenas intenciones.
En conclusión, estoy aprendiendo a sobreponerme a mi nostalgia.
Bueno...en realidad...me faltaba decir una cosa... De regreso, recordando que ella estuvo una vez en Peru, no pude evitar decirle que aunque aquí el paisaje es hermoso; mi costa, sierra y selva peruana lo son mucho más. Y ella estuvo de acuerdo!.