A doce horas de distancia

Relatos sobre Perú y Estados Unidos. Los dos lugares donde me ha tocado vivir. Anécdotas y experiencias. Cotidianidad. Nada profundo. Saquen sus conclusiones ustedes solos. No es educativo ni aleccionador.

domingo, mayo 27, 2007

Una marca de nacimiento, un gene en mi garganta...

Aunque me cambiara la dentadura completa o me lavara la lengua con lejía Clorox, no podría borrarlo. Mi acento es indeleble. Hablar inglés con acento latino me ha dado earache más de una vez. Yo no creo haber adquirido el idioma español a temprana edad, creo que nací con él abrazado a mi garganta como un bebé que necesitaba arrullo; y lo alimenté ganando concursos de ortografía y obteniendo buenos puntajes en pruebas de aptitud verbal. Lo engreí como se engríe a un hijo. Y ahora, está celoso. Cada sentence, cada phrase, cada song que pronuncio sale mezclada con inflexiones de voz que corresponden a otras palabras, a otras historias, a otros tiempos. Como si algo por dentro me enviara una señal de alerta y un mecanismo de defensa se pronunciara para modular la intensidad de mi voz y hasta de mi pensamiento. Estoy segura de que si algún desconocido me viera en una foto rodeada de una gran multitud, me señalaría diciendo que de seguro yo hablo inglés con acento hispano. Lo digo porque aún cuando estoy pensando en inglés (algo que me parecía imposible de lograr cuando recién aprendía este idioma prestado), escucho ese tono, esa modulación en mi voz que me recuerda que no estoy pensando en mi lengua.
Encuentro varias explicaciones al tema. Llevo poco menos de un octavo de mi vida en Estados Unidos. Los siete octavos restantes, desde que nací, los viví en el Perú. El resultado es que en la actualidad, aunque diariamente hablo con un promedio de 30 personas utilizando el idioma inglés; y con sólo dos (mis hijas, menores de siete años) el español; el acento se pronuncia, se intensifica y se entromete.
Ya me había incomodado alguna vez contestar el teléfono y que uno de esos americanos descendientes de ingleses que mataron a los indios antes de mezclarse con ellos, se escandalizara al no entenderme ni jota. Todo es cuestión de acostumbrar al oído, gringuito, le dije, "...yu yast nid some practis" y el gringo me colgó, diciendo "sorry, wrong number".
Como soy una hija pródiga, pero de esas que sólo regresan a visitar y que ama todo lo que dejó atrás más que cuando lo tenía delante, nunca me había preocupado el tema, hasta que...Un día le propuse a mi hija que para su fiesta de cumpleaños presentáramos una actuación en la que ella desempeñaría el papel de su princesa favorita. Como le encantó la idea, escribí inmediatamente el guión (en inglés, pues es el idioima oficial de este país) y me atribuí el papel de narradora. Al primer ensayo mi hija, con cara de no querer hacerme daño (¡tan linda y sólo iba a cumplir seis años!), me dijo que mejor pensáramos en otra idea. No podía entender cuál era el problema hasta que mi esposo se ofreció amablemente a ser él el narrador; y la cara de la niña cambió como de milagro. ¡Ajá, se avergüenza de mi acento!. Esa noche casi no dormí. Al dia siguiente la convencí de que me dejara ser la narradora. "La mamá de Eden tiene un fuerte acento hebreo y es ella la que anima las fiestas de sus hijas, la mamá de Natasha tararea las palabras con su fuertísimo acento hindú, ¿cuál es el problema?, hijita le dije. "Soy tu mamá, todos lo saben, y también saben que soy de Perú, y que mi lengua nativa es el español, son nuestros amigos...". (Me quedé con las ganas de decirle algo así como "los americanos tienen que adiestrar sus oídos para entender a extranjeros, es el momento de la historia que estamos viviendo, hijita, has oído hablar del "Melting Pot" y del "Salad bowl"..., pero ella está todavía muy chiquita para entender esas cosas).
Aceptó con tan sólo un 0.1% de recelo, que es casi nada. La función salió muy bonita. Especialmente por lo bella que estaba ella con su disfraz de Jasmin, y el escenario arabesco. Por lo demás, como los americanos son siempre "poláits", alguien dijo que el acento de la narradora era perfecto. Por el silencio posterior de los presentes deduzco que se quedaron con la duda de que si aquello había sido una burla o un elogio, después de todo, un acento hispano no tiene nada que ver con un acento árabe; aunque algunas veces a los americanos todo lo que no es americano les parece igual.
Finalmente, he encontrado dos alternativas. Una es tomar clases de dicción, que no sé ni adónde las dictan ni con qué se comen. La otra es la que me dio una compañera eventual de asiento en el teatro, "deja de hablar español, de ver Telemundo, de llamar por teléfono cada semana a Perú, y de encontrarte con hispanohablantes", me dijo. "¿Es así como lo has logrado tú?", le pregunté. Yes, me contestó. Cuando su hija se acercó, le pregunté cómo se llamaba, y la mamá intervino para decirme que no, que la niña no entendía español... La miré con reproche... "Fue la única manera de deshacerme del acento después de veinte años viviendo en este país", me contestó culpable. (Entonces yo nunca me desharé de él, pensé en español). Y nos despedimos. --nais mitin yu--. --Nice meeting you--.

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Todavía me queda la alternativa de avergiuar adónde dictan clases de dicción.

martes, mayo 15, 2007

ESTA VULNERABILIDAD

Quiero estar de vuelta, pero aún no lo sé. Quisiera no sentirme culpable cada vez que escribo algo y no blogueo, bloggeo, blogeo. Quisiera tener un minuto para escribir y que no me atormente el minutero del reloj electrónico. Quisiera que me gusten mis escritos y que no me arrepienta de escribirlos y que no los abandone antes de publicarlos. Quisiera no haber leído a alguien que me resultó gracioso e inteligente, y me hizo sentir tan chiquita y estúpida. Quisiera no ser tan alérgica a esta primavera que ya empezó a picarme en los ojos. Ni a los cortos y fríos días del invierno que me oscurecieron el ánimo.
Sobre ese frío invierno, pido disculpas, había querido explayarme, pero el SAD me lo impidió. Me lo diagnostiqué el día que terminé de escribir mi post titulado "Invierno Sólido" sobre mi claustrofobia en mi propio hogar (suena a paranoia e hipocondria). "El Seasonal Affective Disorder es una depresión de invierno causada por la falta de rayos solares", dicen los especialistas. Ahora entiendo, es que vivo en un país muy desarrollado, hasta la depresión es desarrollada y, ojo, es directamente proporcional a la cantidad de grasa corporal de la gente. O sea que si te deprimes en este país, te pones más gordo (da). Ja, quien me conoce que me imagine gorda. ¡Que no cunda el pánico!. Soy la excepción. No subí ni un gramo. Me autodiagnóstiqué el susodicho SAD. Saqué mi valor material más preciado, la computadora, al sol. Y mis valorísimos valores más preciadísimos, esposo e hijas en una maleta (para dármelas de interesante) y me fui a Florida para curarme de la estación. Ja. Armé un escándalo, le hablé a todo el mundo del tema. Encontré a más de una que me dijo con desparpajo: "chócatela!", yo también lo sufro. Y me curé. Luego leí que el asunto ataca mayormente a las mujeres (lo que pasa es que los hombres se quedan callados y se lo aguantan. Pero yo no soy hombre). Y también leí que hablar sobre el tema ayuda a curar. Y tuve suerte porque lo diagnostiqué casi al final del invierno y cerca de semana santa, así que la pasamos bien allá en la Sunny Florida, aunque llovió durante tres días. Aquí en Maryland el invierno se entercó y se quedó un poco más de lo debido, y se acompañó de una tormenta feroz en toda la costa este, incluyendo DC y NY. Que para colmo de males hizo volar el trampolín de las niñas por los aires y quebrarlo contra un árbol, mientras el agua de la piscina en Florida empezaba a aburrirse de nosotros. Y las niñas empezaron a extrañar la escuela, y el celular de la directora del colegio interrumpió una jugada espléndida en el mini golf de la esquina para preguntar si "is everything all right?". Y regresamos. Pero no he podido escribir algo desde entonces porque ya no me gusta lo que escribo. ¿Será eso un efecto lateral del SAD, que ataca a 15 millones de americanos? (y a una peruana, no me tomaron en cuenta los estadistas).
Lo cierto es que estaba pensando también en todas aquellas personas que conozco y que no tienen un blog (que no es otra cosa que una columna para un periodista sin columna, dijo un famoso periodista con columna) pero sí toman tranquilizantes. Mi blog es mi terapia, escuché a una esposa explicándole a su esposo, --Unos necesitan alcohol, otros drogas, otros medicamentos, yo necesito mi blog-- decía la mujer. Y es cierto. Sólo que como las drogas, los medicamentos y el alcohol, el blog puede ser adictivo. De manera que cuando de pequeña me prometí a mí misma nunca tener vicios no sabía nada de los blogs, porque no existían, así que no debería sentirme culpable. Y tampoco sabía que la modernidad tiene un extraño vínculo con la depresión. Que el pólen hace llorar. Que el frío golpea y tumba. Que el calor no deja respirar y hasta mata. Todo eso estoy aprendiendo.
Y que tener "un poquito" mas de treinta años no me inmuniza contra nada. Sobre todo si estoy casi lejos...¿no Marce?).