A doce horas de distancia

Relatos sobre Perú y Estados Unidos. Los dos lugares donde me ha tocado vivir. Anécdotas y experiencias. Cotidianidad. Nada profundo. Saquen sus conclusiones ustedes solos. No es educativo ni aleccionador.

martes, febrero 20, 2007

INVIERNO SOLIDO


Me duelen las uñas como si me hubieran machacado las puntas de los dedos con piedras. La piel de mi cara está tiesa, congelada. Mi lengua no responde como yo quisiera y las palabras salen ladeadas, o "laleadas".
Conozco tres estados del agua: líquido, sólido y gaseoso. Hubiera deseado que el estado sólido se mantuviera prisionero para siempre dentro de las refrigeradoras y que los humanos pudieramos decidir sobre sus derretibles destinos: dentro de refrescantes malteadas, jugos de tamarindo o de maracuyá. Mi deseo no se ha cumplido. Hoy he caminado y resbalado sobre el estado sólido del agua. He peleado contra él. Lo he golpeado para que desaparezca del parabrisas y del techo de mi carro, donde ha formado una lámina dura de cinco dedos de grosor y ha hundido a mi auto azul en la penumbra con su blancura. Hoy, después de tres días, he decidido salir. Digo que si no puedo meter al mundo en mi casa, mejor salgo de mi casa.
Yo creía que con una computadora conectada al Internet se podía vivir feliz durante años bajo techo, aunque afuera el hielo adquiera personalidad propia y domine el camino hacia mi casa, las autopistas, los árboles, los shopping centers, las oficinas del gobierno, los hospitales, las estaciones del tren y todo. He comprobado que estaba equivocada. Cada vez que apago la computadora vuelvo a prenderla sin darme cuenta. Y luego acierto a apagarla otra vez. ¡Necesito ir a la calle!. Estoy sumida en la era del hielo de mi propia casa. Ice age bajo mi propio techo, en uno de los países más desarrollados del mundo la temperatura no entiende razones ni súplicas. ¡No hay respeto!.
La primera vez que vi la nieve en persona (la conocía por televisión y por fotos), hace tres años, me pareció linda. Y es, efectivamente, linda. Lo horrible es lo que viene con ella.
Las niñas han estado poniéndose las pijamas al revés para que empiece a nevar (así dicen en el colegio), y como todos los niños se han confoabulado, han sido escuchados, tarde pero a tiempo. En diciembre no hubo ni una sola nevada, las temperaturas parecían de verano, fue una navidad sin frío, casi. En febrero llegó y lo blanqueó todo, como si salpicaran lejía desde el cielo, desaparecieron todos los colores. Mentira.
La primera vez que vi la nieve --estaba diciendo-- pensé por un instante (bueno, por varios instantes) que ¡Dios era increíble!: cómo podía ser que nevara por todas partes excepto en la línea negra que forman las carreteres. Luego me explicaron todo el proceso ese de los camiones que tiran sal mezclada con químicos sobre las pistas para que se derrita la nieve y los carros puedan circular. ¡Ahhhhh!, pensé admirada!.
La verdad es que la ciudad se pone en blanco y negro. Aunque cuando nieva demasiado los camiones repartidores de sal se rinden, pues pueden derretir la nieve que cae pero no la que sigue cayendo. Antes de rendirse atienden las autopistas principales, y entonces el gobierno anuncia estado de emergencia y prohiben transitar por las calles.
Esta vez ha sido desesperante para mí, que siempre soy una novata, neófita y novicia para estas cosas. Necesito patalear y decir que a mis alergias de primavera a este país debo añadir ahora mi claustrofobia a mi propio hogar durante las nevadas.
Como estaba diciendo, hoy decidí atravesar la puerta de mi casa hacia la blancura de la calle. La nieve es linda, estaba diciendo, nos encanta salir y revolcarnos en ella, construir muñenos de nieve, acostarnos en ella, abrir y cerrar los brazos para formar ángeles y todo eso. Pero cuando la temperatura sigue baja al día siguiente y la nieve no puede derretirse, además llueve, la suavidad se convierte en dureza. Las personas normales, pala en mano, limpian las entradas de sus casas, pero como a nosotros no nos gusta luchar contra las fuerzas de la naturaleza, lo dejamos ahí. Al día siguiente todo es hielo sólido y casi indestructible. Lo que es peor, resbaloso y traidor.
Cuando vimos en el noticiero que las escuelas del condado estaban cerradas, el primer día, fue hermoso. Qué emoción, tener a las niñas todo el día conmigo. Con suerte podré hacer cosas en la computadora mientras ellas juegan. No puedo negar que nos hemos divertido todos estos días.
Sentaditas y aseguraditas en los asientos del auto se rieron de mí cuando les dije que no podía sacar el carro. Las llantas están enclaustradas en el hielo. Huele a caucho quemado, no debo seguir acelerando hacia ningún lado porque podría resbalar y perder el control. Mi esposo me ha dicho por teléfono que se va a escapar del trabajo para jalar el carro con su camioneta, y me ha recomendado que no salga. Hemos ido entonces a caminar detrás de la casa, en el bosquecillo oscuro del verano que ahora está pelado y
blanco. Como el terreno está empinado nos hemos sentado en el suelo y resbalado y subido y vuelto a resbalar. Ha sido divertido. Hasta que las puntas de mis dedos han empezado a dolerme a gritos. El frío ha traspasado los guantes de cuero. Y las niñas ya se están quejando de tener las manos congeladas. Me he rendido. Este será el tercer día indoors.
El cuarto día le digo a mi esposo que tengo que salir porque siento como que tengo una piedra, o un trozo de hielo durísimo, en el pecho. Necesito poner mis manos en el timón y alejarme, ver movimiento, gastar dinero en alguna tienda de segunda mano, lo que sea, oír otras voces humanas, vivas. El auto azul no se mueve de su sitio aunque las llantas dan vueltas. Además es peligroso porque no tiene doble tracción y uno nunca sabe cuándo algún trecho del camino está congelado. "Nunca aceleren mientras pasan por un puente, ha habido tres casos de estudiantes que no llegaron nunca a la clase ni a ningún lugar después de intentar atravesar un puente", había dicho mi profesora de inglés avanzado un día, y yo siempre lo recordaba. Hasta que un día mi esposo notó que reducía la velocidad cada vez que pasaba por un puente. Le conté la historia de la profesora y entre carcajadas me explicó que los puentes son peligrosos en invierno porque se congelan for efecto del viento frío que pasa por debajo de ellos. En ese momento era verano.
Como venía diciendo, me llevaré la camioneta, me encanta mover la palanca hacia el número cuatro y entonces la doble tracción me devuelve el ánimo y me calienta la autoestima. Como si no sólo la naturaleza estuviera en contra mía y a favor de mi claustrofobia, la camioneta del asistente de mi esposo está bloqueando el paso. Como ha dejado las llaves puestas, he puesto la palanca en cuatro y la he sacado de mi camino. Luego he subido a la gigantesca camioneta de mi esposo, y salido como un fantasma, el aparato es tan alto que mi cuerpo se entierra en el asiento dejando ver sólo mi cabeza. Salí y me sentí libre por dos horas o más.
El quinto día otra vez en casa. El sexto salimos a dormir a un hotel porque hubo apagón, sí señores, como en los tiempos del apogeo de Sendero en Perú. Las niñas no tuvieron miedo, les encantó la luz de las velas. Se divirtieron y les conté historias de los tiempos en que todos los días teníamos apagón en mi país. El esposo llegó tarde, tiempo de nieve es tiempo de emergencias en el trabajo. Esa noche fuimos a dormir a un hotel porque sin calefacción en la casa podíamos amanecer fríos, y ya saben lo que quiero decir. El séptimo día llevé a las niñas a Bed, Bath and Beyond a comprarme una almohada anti ronquidos (y no es que yo ronque) sino que la de mi esposo es anti dolores de cuello y yo quería una igual. Antes de salir, mi esposo había remolcado mi carrito y me lo había dejado a un paso de la pista para que pueda salir. Luego fuimos al Chick Fill-A y las niñas jugaron en el parque bajo techo mientras yo leía unos cuentitos de García Márquez. En el estacionamiento, los rumos de hielo y nieve gris (por la mezcla con químicos) no permiten ver los autos que doblan la esquina. Esos rumos, que más parecen montañas, mezcla de nieve polvosa y trozos de hielo duro, están secos y tercos, porque no piensan derretirse. Hay que tener cuidado. He llamado a mi esposo y me ha dicho que le avise antes de llegar para que me ayude a entrar el carro.
Hoy, el octavo día dudábamos de que hubiera clases en las escuelas pues no habíamos visto ningún bus escolar transitando. Mi determinación fue la siguiente: "Las niñas están listas, si no hay colegio, ve tú dónde las llevas, porque yo no paso un día más con ellas en la casa, he decidido que hoy me deprimo – sin saberlo estaba hablando de eso que llaman acá "the winter blues", que a mí me hace pensar sólo en el verano que me encantaría estár sufriendo allá en Perú--, y he marcado las horas desde que las niñas salgan hacia el colegio hasta que tenga que ir a recogerlas para sumirme en mi tristeza, desaliento, impotencia e infelicidad.
Como él me ama, ha llamado al colegio y le han dicho que sí hay clases. Él les ha dicho que mejor para ellos, porque de cualquier manera iba a llevarlas.
Hoy empezará a subir la temperatura. La nieve comenzará a derretirse. Todo estará mojado. Ya puedo salir, pero prefiero quedarme a escribir.

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